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Cuando la ópera sucumbe al formato de ‘reallity show’

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Jamás imaginé que al asistir por primera vez a una ópera en el Teatro Real encontraría un mix de todos los temas controversos que ahora copan los debates televisivos de nuestro tiempo. Yo, que no tenía ni idea de ópera, me esperaba un espectáculo pomposo y recargado, con coros de peripuestos cantantes gesticulando de forma exagerada.

Qué idea más equivocada. Hoy se ha estrenado la ópera Moisés y Aaron y en lo que menos me he fijado ha sido en la música. No me han dejado hacerlo, estaba demasiado ocupada observando a un toro de 1.500 kilos colocado en el centro del escenario o analizando la cuidada depilación púbica de la actriz en pelotas que lo acompañaba.

La obra inacabada y compuesta por el compositor alemán Schönberg es un alegato al reallity show español. Uno es incapaz de centrarse en la música y su letra – íntegramente en alemán, por lo que hay que leer los subtítulos para enterarse – con semejante elenco y no he mencionado aún el alquitrán líquido con el que los coros se embadurnan en directo o la presencia de la inconfundible mujer de Zapatero, estratégicamente colocada en primerísimo plano.

Más allá de planteamientos animalistas sobre si un animal debe ser usado en un escenario como expresión artística o no, lo cierto es que al enorme bicho no se le veía incómodo, ni siquiera cuando le echaron por encima las garrafas de chapapote sobre su lomo. Quizá se hace inevitable comparar esta arriesgada obra con la situación actual de España, en la que los Moisés y Aarón de la política no logran llegar al pueblo y se dedican a pelearse por mantenerse en sus holgadas sillas, apartándose de los intereses del pueblo, que se ahoga en un chapapote económico. Ése que bien podría ser el oro negro que ahora lo pringa todo y de cuyas fluctuaciones dependen los mercados, mientras juegan con el bienestar social apostando en el casino bursátil.

Aarón le decía a su hermano Moisés que buscara la forma de hacer su mensaje comprensible para el pueblo. Yo no alcanzo a entender el lado artístico de esta obra (que sé de qué va es por aquellas Semanas Santas de mi infancia viendo la mítica película de Los diez Mandamientos), pero me guste más o menos,  no es posible eludir que detrás de semejante puesta en escena ha habido un claro esfuerzo de los involucrados durante seguro que muchos meses para dar vida a las difíciles notas de estas partituras.

Será que me falta entrenamiento a la hora de apreciar creaciones “abstractas” o quizá sea que yo también formo parte inevitablemente de ese indocto pueblo, del que se lamentan los protagonistas, que se traga reallity shows.