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El feminismo necesita de hombres valientes

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Cuando a principios de diciembre Beatriz Gimeno regaló a Cristina Cifuentes el libro de “Feminismo para principiantes”, a parte de generar cierta mofa entre las desinformadas filas del PP por creer que a una mujer no se le debe enseñar sobre feminismo, escenificó una realidad mucho más alarmante: hasta qué punto la educación recibida, la tradición del patriarcado y la hegemonía del hombre sobre la mujer en la historia nos influye, incluso a nosotras mismas, a la hora de defender la igualdad entre hombres y mujeres.

Cada día se suman más voces para tratar de explicar que la igualdad de género es el primer paso para lograr una sociedad más justa y que promoverla es tarea de todos, mujeres y hombres. En uno de sus tuits, Gimeno afirmó que “Hacer feminismo es impugnar los privilegios masculinos, impugnar el sistema en su conjunto y, además, ocupar la mitad de todo”.

Defensora de los derechos de la mujer y del colectivo LGTB, Gimeno ha dedicado su vida a feminizar la sociedad y también la política, desde su escaño en la Asamblea de Madrid. Ha basado su lucha en explicar el significado del feminismo a un gran número de ciudadanos que todavía lo confunde o lo desconoce. No eligió al azar la obra para Cifuentes, que comienza ironizando que “el feminismo es un impertinente (…) Basta con mencionarlo. Se dice feminismo y, cual palabra mágica, inmediatamente, nuestros interlocutores tuercen el gesto, muestran desagrado, se ponen a la defensiva o, directamente, comienza la refriega”.

A pesar de no ser suficientes, no hay duda de que las mayores defensoras del feminismo son las mujeres, y es ahí donde está el problema. Por si alguno todavía tiene dudas, feminismo no es un antónimo de machismo, sino la búsqueda de la igualdad entre hombre y mujer en todos los ámbitos de la vida, y se necesitan hombres feministas, es decir, se necesita unir a las dos mitades de la sociedad, para lograrlo.

La recurrente temática para sumar votos durante las campañas electorales sobre la conciliación familiar, la brecha salarial o la igualdad en el acceso a puestos de dirección, son varios de los problemas a los que se enfrenta cualquier mujer en España y que todavía ningún Gobierno se ha tomado en serio. Estamos muy lejos de conseguir una paridad que debe promoverse desde el propio padre de familia dentro de su hogar, el CEO de una empresa hacia su plantilla o el propio presidente del Gobierno respecto a su equipo. El hombre debe equiparar su papel hacia la consecución del feminismo con el que tiene adquirido la mujer: necesitamos hombres valientes que lleven por bandera la igualdad de género.

Es digno reconocer que ya acumulamos victorias frente al machismo gracias a acciones llevadas a cabo en los últimos 35 años, promovidas también por otros partidos políticos -desde la recuperación del divorcio, pasando por el matrimonio homosexual-, pero este tipo de lucha se ha quedado obsoleta. La defensa de la igualdad debe dejar de ser un asunto social puntual y volverse uno de los pilares centrales de la política. Solo así podrá adquirir una transversalidad en todos los sectores y llegar a una gran mayoría de hombres que todavía hoy consideran las políticas de igualdad como ajenas o incluso hostiles.

El principal motivo de esta falta de interés de los hombres es la defensa de esos privilegios masculinos que Gimeno insta a impugnarles. El sistema en sí mismo es machista, pues en el momento de la creación de las democracias también imperaban las desigualdades de género. Hay que reconstruir el sistema usando como cimientos el poder de la información. Las nuevas generaciones lo tendrán más fácil, pero la sociedad debe reeducarse y comprender que entre nosotros no existen diferencias, ni pautas de conducta según nuestro género, ni motivos de exclusión según la orientación sexual.

Los hombres feministas no son gays ni menos varoniles, son precisamente los más valientes, los que prefieren incorporarse activamente a la lucha por la igualdad y aceptan recortes en sus privilegios porque son conscientes de su papel hacia una sociedad más justa.

Incluso cumpliendo con estos dogmas, la tarea no es fácil y el camino estará lleno de potenciales conflictos. Pero hemos de ser conscientes de que el patriarcado, la discriminación, la violencia de género, no acabarán sin la implicación de los hombres en el diseño y construcción del futuro compartido que proponen los feminismos, incluso a riesgo de equivocarnos y siempre aceptando escuchar a todas las partes, aun cuando solo nos dediquen críticas.

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